El obispo diocesano presidió la misa que puso fin a las celebraciones marianas, con una homilía centrada en la figura de la Virgen como madre espiritual y en la herencia del Beato Mamerto Esquiú.
Con la tradicional procesión anual en el aniversario de la Coronación, culminaron este lunes las fiestas en honor de Nuestra Señora del Valle. La misa de clausura fue presidida por el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanc, y concelebrada por Mons. Virginio Domingo Bressanelli, obispo emérito de Neuquén, junto a numerosos sacerdotes del clero catamarqueño y peregrinos.
En su homilía, Urbanc dio la bienvenida a los presentes, entre los que se encontraban jóvenes del Hogar de Cristo de Santiago del Estero, quienes recibirían una réplica de la imagen de la Virgen. El prelado enmarcó el Septenario en el Bicentenario del nacimiento del Beato Mamerto Esquiú, a quien definió como un «fidelísimo devoto» de la Virgen del Valle.
El obispo reflexionó sobre el papel de María en la fe cristiana, recordando el pasaje bíblico en el que Jesús la entrega como madre al discípulo amado. «María se convierte en Madre espiritual de la Iglesia y de cada creyente», afirmó, subrayando que su figura es un «refugio en nuestros dolores» y una guía hacia Jesús con «amor materno».
Urbanc también destacó que acoger a María implica imitar su fe, su silencio y su obediencia a la voluntad de Dios. «Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María», manifestó, confiando a ella los deseos del corazón, las necesidades del mundo y la búsqueda de justicia y paz.
Para finalizar, el obispo se dirigió a la Madre del Valle con las mismas palabras que usó el Beato Mamerto Esquiú hace 150 años, pidiendo fortaleza en la fe y la caridad para «glorifiquemos a Jesucristo».
