Lorenza, la pastora que venció al duende y forjó una amistad en la montaña

Una historia sobre la vida de una mujer que habitó sola en los cerros de Catamarca, su encuentro con un duende y el vínculo que nació entre ellos en medio de la soledad y la naturaleza.

En una región montañosa de Catamarca, una joven pastora enfrentó a un duende que la desafió. Según el relato, el duende preguntó: «Decime chinita pata de perro, ¿Con qué mano querés que te pegue? ¿Con la mano de lana o con la de hierro?». La joven, en lugar de temblar, tomó un palo y le dio un garrotazo, exclamando: «¡Con esta, bribón!». El golpe derribó al duende, quien quedó aturdido.

Intrigado por su valentía, el duende comenzó a seguirla. Entraba en su rancho y realizaba travesuras, como esconder sogas o cambiar ollas de lugar. La pastora, sin embargo, respondía con risa tranquila. Con el tiempo, el duende le preguntó su nombre, y ella respondió: «Lorenza».

Lorenza le contó que había nacido sola en ese páramo, «botadita», y que «Tatita Dios y la Pachamama la habían cuidado para no morir de frío ni de hambre». Explicó que sus animales eran su familia y que levantó pircas para protegerlos del león.

Juntos, recolectaron vainas de algarroba. Lorenza enseñó al duende a molerlas para hacer harina, y luego a preparar añapa y patay. También compartieron un yerbiao con arca y una tortilla cocinada al rescoldo. Durante esas jornadas, entonó coplas y el duende escuchó con atención.

Con los años, Lorenza solo iba al poblado ocasionalmente, acompañada de un burrito. Nunca fue a la escuela, pero conocía cada quebrada y vertiente. Decía: «El pueblo no es pa’ mí. Mi casa es esta tierra». También contó que había huido a los cerros para evitar a quienes querían llevarla o a políticos con promesas falsas.

El duende se convirtió en su amigo inseparable. Sin embargo, con el tiempo, Lorenza envejeció y perdió fuerza. Una mañana de helada quedó postrada. El duende corrió a pedir ayuda, y unos hombres llegaron desde Río Grande. Antes de que entraran, el duende susurró: «Lorenza, vos me enseñaste a no tenerle miedo a la soledad, que no era un castigo cuando se compartía y ahora… esa soledad me va a doler porque me queda ese mismo silencio, pero vacío, sin tu risa, sin tus palabras».

Luego, los hombres la cargaron para subirla a un helicóptero. El duende, escondido, vio cómo se la llevaban. Nunca más volvió a verla. Desde entonces, se dice que en los montes se escucha un silbido suave, el lamento del duende que guarda la soledad de Lorenza.

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