El Taj Mahal, en Agra, India, fue construido entre 1632 y 1648 por orden del emperador mogol Shah Jahan como tumba para su esposa favorita, Mumtaz Mahal, quien murió durante el parto de su decimocuarto hijo en 1631. El complejo es Patrimonio de la Humanidad y una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno.
En junio de 1631, el campamento imperial estaba instalado en Burhanpur, en el centro de la India. Shah Jahan, uno de los hombres más poderosos de su tiempo, dirigía una campaña militar y su corte viajaba con él. Su esposa favorita, Mumtaz Mahal, estaba por dar a luz a su decimocuarto hijo. El parto se complicó: la niña sobrevivió, pero Mumtaz murió poco después por complicaciones del parto. Este hecho dio origen a una de las construcciones más famosas del planeta: el Taj Mahal.
El Imperio mogol fue una de las grandes potencias de su época. De origen turco-mongol y con fuertes influencias persas, los mogoles gobernaron buena parte del subcontinente indio entre los siglos XVI y XIX. Construyeron palacios, fortalezas, ciudades, mezquitas, jardines y mausoleos que mezclaban tradiciones persas, islámicas, centroasiáticas e indias. Antes del Taj Mahal ya habían creado tumbas-jardín como la de Humayun, ciudades imperiales como Fatehpur Sikri y fortalezas-palacio como el Fuerte de Agra.
Antes de convertirse en Shah Jahan, el emperador que más tarde sería conocido como el «Rey del Mundo», se llamaba Khurram. Era un príncipe de la dinastía mogola y, en 1612, se casó con Arjumand Banu Begum, una joven noble que con el tiempo recibiría el nombre Mumtaz Mahal, «la elegida del palacio». Mumtaz fue su esposa favorita y ocupó un lugar excepcional en su vida. Lo acompañó durante años, incluso en viajes y campañas militares. En una corte donde los matrimonios reales solían servir para sellar alianzas políticas, ese vínculo se convirtió en una parte central de la leyenda que rodea al Taj Mahal.
Durante casi dos décadas de matrimonio, Mumtaz Mahal dio a luz a catorce hijos. La tradición cuenta que, antes de morir, le pidió a Shah Jahan que construyera una tumba tan hermosa que el mundo nunca la olvidara. Aunque no todos los detalles de esa escena pueden comprobarse, el relato atravesó los siglos y quedó unido para siempre al origen del monumento.
La muerte de Mumtaz golpeó a Shah Jahan en el momento más alto de su poder. El emperador entró en un duelo profundo. Se dice que durante un tiempo se apartó de la vida pública y que, cuando volvió a aparecer, parecía un hombre distinto, más silencioso. Decidido a honrar a Mumtaz, Shah Jahan eligió un terreno junto al río Yamuna, en Agra, y ordenó levantar allí un mausoleo. El proyecto fue enorme: reunió arquitectos, calígrafos, talladores, incrustadores y artesanos de distintas regiones. Según las estimaciones más repetidas, durante casi dos décadas trabajaron alrededor de 20.000 personas.
La construcción comenzó en 1632. El mausoleo principal fue terminado hacia 1648 y el resto del complejo, con sus jardines, portales, mezquita y edificios anexos, se completó algunos años después. El resultado fue una obra de mármol blanco, jardines geométricos, inscripciones coránicas, piedras semipreciosas incrustadas y una simetría precisa. El Taj Mahal fue concebido como una imagen terrenal del paraíso. Sus jardines responden a la tradición persa del charbagh, el jardín dividido en cuatro partes, el agua ordena el espacio y refleja la tumba, la caligrafía acompaña el recorrido, el mármol cambia con la luz del día.
Esa búsqueda de equilibrio aparece también en los edificios que acompañan al mausoleo. A un lado se levanta una mezquita de arenisca roja, orientada hacia La Meca; del otro, una construcción casi gemela conocida como jawab, o «respuesta», que no fue pensada para la oración sino para sostener la simetría del conjunto.
Con el paso del tiempo, la historia del Taj Mahal se cubrió de leyendas. La más famosa cuenta que Shah Jahan no quería descansar en la misma tumba que Mumtaz, sino levantar para él otro mausoleo, igual de imponente, del otro lado del río Yamuna. Según esa versión, el nuevo edificio sería de mármol negro y quedaría enfrentado al Taj Mahal blanco, unidos por un puente. La historia empezó a circular a partir de los escritos de Jean-Baptiste Tavernier, un viajero y comerciante francés que visitó Agra en 1665 y mencionó que Shah Jahan habría querido levantar su propia tumba del otro lado del Yamuna. No hay pruebas firmes de que ese proyecto haya existido. Para muchos historiadores, el Taj Mahal negro pertenece más al terreno de la leyenda que al de la historia.
El destino de Shah Jahan guardaba una ironía final. El Taj Mahal ya estaba en pie cuando, en 1657, el emperador enfermó gravemente y la corte entró en crisis. Los rumores sobre su posible muerte desataron una lucha entre sus cuatro hijos: Dara Shikoh, Shah Shuja, Murad Bakhsh y Aurangzeb. Aurangzeb fue el vencedor. Derrotó a Dara Shikoh, desplazó a sus otros hermanos y en 1658 se proclamó emperador. El nuevo soberano mantuvo a su padre recluido en el Fuerte de Agra, donde el antiguo emperador pasó los últimos años de su vida. Según la tradición, Shah Jahan pasaba la mayor parte del día frente a una de las ventanas del Fuerte desde donde podía contemplar, a lo lejos, la silueta blanca del Taj Mahal.
Shah Jahan murió en 1666 y fue enterrado, por decisión de su hijo, junto a Mumtaz Mahal. Su llegada alteró un detalle esencial del lugar: la simetría perfecta. El Taj Mahal había sido pensado para ella y la tumba del emperador quedó como una excepción dentro de una obra calculada al milímetro. El monumento que fue creado para conservar la memoria de Mumtaz terminó reuniéndolos a ambos.
