Margarita Rosa de Francisco: de protagonizar una de las novelas más populares de los 90 a interpretar a una villana en Colisión

La actriz colombiana interpretó a «Gaviota» en Café con aroma de mujer y ahora, a los 61 años, encabeza Colisión, de HBO Max, junto a la argentina Macarena Achaga.

La actriz colombiana interpretó a «Gaviota» en Café con aroma de mujer y ahora, a los 61 años, encabeza Colisión, de HBO Max, junto a la argentina Macarena Achaga.

Sus padres decidieron ponerle el nombre no de una flor sino de dos, pero desde mitad de los años 90 a la actriz colombiana Margarita Rosa de Francisco, la mayor parte del mundo la conoce simplemente como «Gaviota». Aquel personaje que interpretó en la inmensamente popular telenovela Café con aroma de mujer, una de las historias televisivas de exportación que marcaron un antes y un después para el género en toda América Latina, la hizo más famosa de lo que ella misma podría haber imaginado.

Los seguidores del culebrón escrito por el guionista Fernando Gaitán (el mismo de otro fenómeno colombiano, Betty, la fea) vieron la historia de la recolectora de café y su historia de amor con Sebastián, el hijo del patrón interpretado por el actor brasileño Guy Ecker.

De su vestuario entre típico y sensual, su afición por el aguardiente y la música folklórica de su país, Gaviota se transformó en un modelo de heroína del melodrama, una mujer que logró una identificación con el público que se extendió más allá de los 169 capítulos de la telenovela colombiana grabada en 1994 y reemitida sistemáticamente en la TV latinoamericana. Esa popularidad incluyó a Margarita Rosa de Francisco, quien en esos años era reconocida por las calles de Buenos Aires en sus varias visitas al país pero también en destinos fuera de la región apasionada por las telenovelas. Por un tiempo ella, su cabellera rubia ensortijada y ese acento de su Cali natal fueron la imagen y el sonido de la nueva era de un género que buscaba reinventarse, de la telenovela rupturista que mantenía las formas y algunas de sus temáticas de origen pero que se animaba a presentar a protagonistas femeninas imperfectas dotadas de la fuerza para torcer su destino de sufrimiento, de romper los moldes una borrachera a la vez.

Por todo eso, la actriz colombiana encabeza Colisión, la primera telenovela producida en castellano por HBO Max cuyos primeros cuatro episodios -de 39- ya están disponibles en la plataforma. Aunque ahora le toque hacer de una villana, Belén, digna de las mejores del género. Una señora dispuesta a casi todo por mantener el control de la empresa que heredó de su marido recientemente fallecido y de excluir a Zoé (Macarena Achaga), su enemiga número 1 y su única hija. «Deberían internarla en algún hospital», apuntó De Francisco sobre su personaje durante la charla vía Zoom con LA NACION.

-¿Te parece que Colisión inaugura una nueva era del género?

-Creo que la telenovela propuesta así como lo está haciendo HBO Max sí entra en una nueva fase. Es algo distinto porque, aunque sigue habiendo como en toda telenovela elementos del melodrama, está producida como una serie, grabada a varias cámaras, como hoy en día se ruedan todas las series. Pero al mismo tiempo son muchos capítulos, como ocurre en los culebrones. Además la historia no solo es un melodrama sino que también tiene algo de thriller policiaco, de acción también. O sea, no se queda en los prototipos tradicionales de las telenovelas.

-Parece haber un reconocimiento al género por parte de las plataformas, del valor de relatos que resistieron el paso del tiempo como las novelas de Corín Tellado en las que se inspira la trama de Colisión.

-El culebrón tiene unos seguidores apasionados. Yo siento que las telenovelas acompañan mucho. Las series tienen eso de que existen los ocho capítulos y luego de que se acaban uno queda como huérfano, como diciendo: «¿Y ahora qué?». Entonces, la telenovela le da al espectador la sensación de continuidad, de que va a estar acompañado por un rato largo. En este caso además ya no es tan repetitiva ni tan «radial» como solían ser nuestras novelas de antes, a las que a veces no hacía falta ni siquiera verlas porque los diálogos se repetían. Si la agarrabas en el décimo capítulo no te perdías de mucho. Yo pienso que aquí, en cambio, no sucede lo mismo. Pero, como te digo, tiene el elemento este de la compañía, de que la gente si está enganchada va a tener muchos capítulos para disfrutar.

-Los conflictos de origen, las peleas familiares, los desencuentros amorosos, los problemas de dinero y poder siguen siendo la base de la identificación con el espectador…

-Absolutamente, siguen presentes los temas arquetípicos de la condición humana. Y que en las series, en las telenovelas, en las películas y en lo que sea, ahí van a estar siempre. El tema del poder, el tema de la muerte, los duelos, la maternidad… Lo que pasa es que aquí a mí me parece que también hay un rompimiento en la cuestión de cómo se va a manejar esa relación madre e hija.

-Tu personaje ve a esa hija como su rival…

-Mira, esta mañana estaba hablando con mi mamá sobre eso y nosotras cuestionamos mucho la relación madre-hija y la sacralización que se hace de ese vínculo, porque no es tan fácil la relación de madre e hija, ¿no? Es una cosa de hecho que para mí es disfuncional por principio. No es normal por definición; no es normal que uno tenga el poder de hacer existir a otro ser humano, ya eso es tremendo. Luego ese ser humano que recién nace se siente también condenado a la vida, condenado a muerte, porque igual el que nace se muere. Y a uno siempre le llega un momento en que como adolescente le dice a los papás: «Yo no pedí nacer». Yo recuerdo haberle dicho eso a mi mamá. Esto que le pasa a la madre de Zoé, a Belén, mi personaje es casi como la fantasía del odio materno.

-¿Y cómo fue la construcción de ese enfrentamiento con Macarena?

-Lo que nos pasó a nosotras fue especial porque cuando me invitaron a hacer el personaje hice muchos muchos ensayos con diferentes jóvenes, diferentes Zoés, digamos. Y cuando entró Macarena al set, ahí mismo sentí como el choque, como que la vi y dije: «Con esta niña vamos a tener guerra. Va a haber guerra aquí.» Porque tiene una personalidad muy poderosa, Macarena ya la tiene y Zoé, aunque no se ve al principio, es una mujer muy poderosa. Nos entendimos muy bien desde el primer momento. Yo no soy madre, pero tuve mucha mucha empatía maternal con ella. O sea, siento que podría ser su madre tranquilamente. Y también como nos dimos confianza mutua era muy divertido jugar y tener la libertad para maltratarnos hasta que ya no pudiéramos más. Eso tiene un encanto, ¿sabes? Eso nos pasa a los actores.

-Te iba a preguntar justamente por el encanto de hacer de la villana.

-Da para preguntarse por qué los villanos tienen tanto éxito a veces en las producciones. A la gente le encantan los malos, pero yo pienso que el malo tiene más chance de acercarse y de parecerse al ser humano, porque los humanos no somos tan buenos, ¿sabes? Nos damos cuenta de eso cuando de verdad nos miramos al espejo. Bueno, los argentinos tienen la escuela del psicoanálisis que los lleva a esa reflexión. Yo la tengo también y la valoro, en esa terapia es que uno se ve. Uno aprende de todas las terapias, uno se observa y ve cómo se contradice, cómo uno no es tan bueno como cree, ni tan bien intencionado como cree. Entonces yo creo que aquí, en esta telenovela, se ponen en escena esas crudezas sin ningún pudor. Es como un juego divertido porque uno no va realmente a dañar a nadie, sino que puede concretar y hacer realidad esa fantasía en un medio seguro.

-Belén además tiene una sensualidad que está muy presente en todas sus interacciones.

-Sí, y eso me pareció interesante porque se trata de una mujer ya mayor, de la edad mía, digamos, 60 años, una etapa que por lo menos en las telenovelas no aparece sexualizada. O al menos no se muestra tan claramente como en este caso. Belén es una mujer que tiene confianza en su cuerpo, que tiene, o cree tener, dominio sobre su amante más joven. No es una mujer que se sienta acomplejada por la edad que tiene, al contrario. Es una característica que resulta atractiva para el público femenino, ver que una mujer que ya está grande igual tiene toda la vida a su disposición en cuanto a la sexualidad, al goce, al disfrute. En esa relación no es la seducida, sino la que seduce. Es como la dominatriz ahí.

-Cuando te ofrecieron este proyecto, ¿dudaste en volver a encabezar una telenovela? Algunos actores ya consagrados prefieren distanciarse del género…

-Pues hay una ambivalencia extraña con este tema porque sucede que se cree que los actores que hemos hecho telenovelas en algún momento nos hemos avergonzado de ellas. O nos burlamos y decimos: «Ah, bueno, cuando yo hacía telenovelas, empecé en telenovelas….», como menospreciando eso, especialmente cuando haces series o comienzas a meterte en el cine, pues ya como que sube de nivel ¿no? Yo respeto el género porque además me formé en eso. Bueno, en realidad mi formación como actriz la hice con un maestro argentino que quise y quiero mucho, Juan Carlos Corazza. Pero mis primeros pasos profesionales fueron en las telenovelas por lo que me siento como en mi casa en ellas, es un lenguaje que conozco y en el que me siento cómoda. Y me pareció divertido volver a entrar en eso porque siento que para el actor es casi como un ejercicio aeróbico. Estás emocionalmente activo durante muchas horas y es bastante exigente, es como un entrenamiento intensivo para el actor. También tiene sus aspectos dañinos, claro.

-¿Esos aspectos negativos tienen que ver con quedar demasiado identificado con un personaje, en tu caso la Gaviota?

-No, no, yo lo pensaba más por el lado de la técnica, porque a veces estos personajes de telenovela son muy mecánicos y no se profundiza tanto en ellos. Son personajes más esquemáticos. Entonces, eso puede acostumbrar al actor a trabajar en esa superficie y a no indagar mucho más. En la tele no hay tiempo para analizar dos horas una escena con el director. En ese sentido me refiero a lo negativo. Pero bueno, uno compensa con otras cosas y uno también usa su técnica para poder darle la profundidad que se le puede dar en un contexto como este.

–¿Nunca te pesó la popularidad que te dio Café con aroma de mujer?

-No, y no me puedo explicar exactamente por qué el fenómeno sucedió así, pero tengo mucho que agradecerle, la verdad. Jamás me parecería algo negativo. Haber hecho Café hace que hasta el día de hoy sea bienvenida en todas partes. Eso es precioso.

-Salvando el tiempo y las distancias, Belén y Gaviota comparten el hecho de ser mujeres muy fuertes. ¿El público te identifica con ese tipo de personajes?

-Sí, y siempre me los han ofrecido. Son mujeres que rompen los moldes, que tienen un punto débil, muy débil, pero otro muy fuerte, entonces en ese sentido son muy polares. Y me gustan esos personajes que se contradicen de ese modo. Les da complejidad y resulta muy placentero hacerlas y muy liberador también. La relación madre e hija, que es muy idealizada en las telenovelas, aquí se revierte. Esta mujer no tiene misericordia, no tiene piedad con esa hija y va al fondo, a costa de ella misma, se respeta esa pulsión espantosa hasta cuando ya no puede más. Está más allá del qué dirán. Sí tengo curiosidad de saber cómo van a recibir las mujeres esta historia y esa relación, cómo la van a mirar e interpretar.

-Cuando al actor le tocan personajes, digamos, que están en los bordes, ¿hace falta tenerles cariño o entenderlos para interpretarlos?

-No, eso no importa. Yo a Belén no la entiendo. Me quedé sin entender muchas cosas de esta mujer. A veces me parecía como que «ay, Dios mío, esto no puede ser, esto no puede decirlo.» Pero pues así estaba escrito y tenemos unos directores con criterio y a mí me gusta mucho obedecer. Soy una actriz obediente.

-A diferencia de Belén, te sentís cómoda obedeciendo.

Sí, obedezco fácilmente como actriz; me encanta que me digan qué hacer.

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