El texto analiza la obra de 1961, considerada la primera novela escrita por una mujer en Catamarca. Forma parte de un proyecto de investigación sobre representaciones sociales y formaciones discursivas en las literaturas latinoamericanas.
María Elisa Argerich (UNCa.) y Claudia Patricia Freddolino (UNCa) publicaron un capítulo titulado «Representaciones sociales en la novela catamarqueña del 60: identidades y otredades en “Jacinta” de Sara Madueño» en el libro Representaciones Sociales y Formaciones Discursivas en las Literaturas Latinoamericanas del siglo XX y XXI, editado por la Editorial Científica Universitaria de la Universidad Nacional de Catamarca (UNCa).
La investigación aborda la novela Jacinta, publicada en 1961 por Sara Aidé Madueño de De la Vega (1905-1976). Según el relevamiento bibliográfico de las autoras, se trata de la primera novela o nouvelle catamarqueña escrita por una mujer.
El texto señala que en la década de 1960 el campo literario local estaba dominado por la lírica y la dramaturgia, con una hegemonía masculina en el canon provincial liderado por figuras como Luis Franco, Carlos Villafuerte y Juan Bautista Zalazar. La incursión de una mujer en la narrativa es descripta como un quiebre de las fronteras de los géneros literarios y las expectativas de la época.
Sara Madueño nació en San Fernando del Valle de Catamarca. Era hija de María Aideé Mauvecín y de Juan Agustín Madueño, gobernador de la provincia por la Unión Cívica Radical en la década de 1920. Se educó en la Escuela Nacional Normal Superior Clara Jeanette Armstrong y participó en círculos como la Liga Patriótica, las Damas de Beneficencia y el grupo de lectura y narración oral «Las coyuyas». Migró a Buenos Aires y luego a Tucumán antes de regresar a Catamarca y radicarse en El Rodeo, departamento Ambato, hasta su fallecimiento.
Jacinta fue publicada por la editorial Francisco A. Colombo en Buenos Aires, sello que había editado Don Segundo Sombra y revistas como Sur y Destiempo.
El análisis indica que la obra constituye un texto-testimonio del panorama provincial de mediados del siglo XX. La estética de Madueño se inscribe en un realismo costumbrista de prosa poética y evocadora, con fronteras espaciales y cronotopos difuminados a través de la memoria.
En cuanto a la técnica narrativa, el capítulo destaca el uso de un narrador testigo y omnisciente masculino, un «niño-hombre» que evoca su infancia para reconstruir la vida de Jacinta, la mujer que sirvió en la casa y acompañó con la tradición oral a dos generaciones de una familia provinciana. El relato se presenta en apartados sin numeración ni títulos donde confluyen personajes como Doña Rosa Aldonate, la Nati, Don Eufes o el Negrito Apenas.
El texto también menciona la hibridación entre el discurso religioso católico y creencias ancestrales e indígenas, con presencia de ritos paganos y superstición popular. Entre los episodios se mencionan el mito del Familiar, el carnaval con el topamiento, las guaguas de mazapán y la resistencia diaguita en Capayán.
Hacia el desenlace, se entrelaza la historia de don Panta, un nonagenario que evoca su desamor juvenil. Sus palabras finales condensan el sentido de la protagonista: «como la piedra grande detiene la corriente, el que se queda, hace que otros se queden».
Las autoras afirman que rescatar la faceta narrativa de Sara Aidé Madueño trasciende la deuda histórica con la genealogía de las escritoras de Catamarca e invita a descubrir una obra que transforma el espacio doméstico y los recuerdos de provincia en un territorio literario de resistencia identitaria.
