El licenciado Guillermo Alejandro Bordón publicó la segunda parte de un texto en el que analiza la responsabilidad de quienes observan y amplifican agresiones en entornos digitales.
El licenciado Guillermo Alejandro Bordón difundió la segunda parte de su artículo titulado «Cuando la humillación se convierte en entretenimiento», en el que aborda la responsabilidad de las audiencias frente a contenidos que exponen a personas.
En el texto, Bordón plantea que «un espectáculo necesita de alguien que observe» y se pregunta por la responsabilidad de quienes observan. Sostiene que «el espectáculo necesita espectadores» y menciona a quienes ríen, comparten el video, multiplican el insulto o permanecen indiferentes.
El autor diferencia grados de responsabilidad: «No es lo mismo quien inicia una agresión que quien la presencia, ni quien comparte deliberadamente una humillación que quien intenta detenerla». No obstante, afirma que «la violencia puede adquirir una dimensión colectiva cuando la audiencia la celebra, la reproduce o la transforma en entretenimiento».
Bordón también se refiere a las consecuencias para la persona expuesta: «Detrás de ese video hay alguien que vuelve a su casa, que debe enfrentar a su familia, que intenta sostener su autoestima, que quizá ya está atravesando una situación emocional difícil». Y agrega que «una persona que no deja de existir cuando termina la transmisión ni recupera automáticamente su dignidad cuando los espectadores pasan al siguiente contenido».
El artículo incluye preguntas de carácter ético: «¿Qué significa, entonces, reconocer a Dios en el prójimo si somos capaces de disfrutar de su humillación? ¿Qué sentido tiene hablar de amor, solidaridad y comunidad si, en la práctica, encontramos placer en destruir al que tenemos enfrente?».
Asimismo, el autor propone revisar «no solamente lo que publicamos, sino también lo que celebramos. No solamente las palabras que pronunciamos, sino las risas que compartimos. No solamente los ataques que iniciamos, sino aquellos que permitimos que continúen».
Bordón afirma que «una sociedad no se degrada únicamente cuando alguien agrede. También se degrada cuando la humillación deja de escandalizar, cuando la crueldad se vuelve costumbre y cuando el sufrimiento ajeno ya no despierta compasión, sino curiosidad, diversión o indiferencia».
Hacia el final, plantea que «el desafío no consiste en abandonar la tecnología ni en silenciar las diferencias. Consiste en recuperar la responsabilidad de nuestra palabra, la capacidad de discutir sin destruir y la sensibilidad necesaria para reconocer que ninguna persona debería perder su dignidad por convertirse en el centro de una escena pública».
Y concluye con una pregunta: «¿Estoy defendiendo una idea o estoy disfrutando de la destrucción de una persona?».
El texto cierra con una afirmación: «Que no nos acostumbremos a ver sufrir. Que no confundamos la libertad con la crueldad, la crítica con el desprecio ni la popularidad con la razón».
