«Ítaca», de Kavafis y el pensamiento borgeano (Segunda parte)

Un análisis del poema «Ítaca» de Konstantinos Kavafis y su relación con la obra de Jorge Luis Borges, explorando las coincidencias filosóficas y literarias entre ambos autores.

ÍTACA

Por Jorge F. Chayep

ÍTACA

Konstantinos Kavafis

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca / pide que el camino sea largo, / lleno de aventuras, lleno de experiencias. / No temas a los lestrigones ni a los cíclopes, / ni al colérico Poseidón, / seres tales jamás hallarás en tu camino, / si tu pensar es elevado, si selecta / es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo. / Ni a los lestrigones ni a los cíclopes / ni al salvaje Poseidón encontrarás, / si no los llevas dentro de tu alma, / si no los yergue tu alma ante ti. / Pide que el camino sea largo. / Que sean muchas las mañanas de verano / en que llegues -¡con qué placer y alegría!- / a puertos antes nunca vistos. / Detente en los emporios de Fenicia / y hazte con hermosas mercancías, / nácar y coral, ámbar y ébano / y toda suerte de perfumes voluptuosos, / cuantos más abundantes perfumes voluptuosos puedas. / Ve a muchas ciudades egipcias / a aprender, a aprender de sus sabios. / Ten siempre a Ítaca en tu pensamiento. / Tu llegada allí es tu destino. / Mas no apresures nunca el viaje. / Mejor que dure muchos años / y atracar, viejo ya, en la isla, / enriquecido de cuanto ganaste en el camino / sin aguardar a que Ítaca te enriquezca. / Ítaca te brindó tan hermoso viaje. / Sin ella no habrías emprendido el camino. / Pero no tiene ya nada que darte. / Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado. / Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, / entenderás ya qué significan las Ítacas.

Con una lectura más fina, podemos ver cómo este poema dialoga con la vida y la obra de Jorge Luis Borges, quien también concibió la existencia como un viaje inagotable hecho de memoria, libros y conocimiento.

Antes que una coincidencia literaria, la afinidad entre Ítaca y la obra de Borges parece una comunión espiritual y filosófica. Ambos comprendieron que el hombre no vive para conquistar un destino, sino para ser transformado por la búsqueda. En los dos escritores, el camino vale más que la llegada, y el conocimiento es más importante que la posesión, es el infinito viaje hacia uno mismo.

Hay un punto en el que la poesía de Kavafis y el universo de Borges parecen tocarse sin haberse buscado nunca. Ese punto es la convicción de que el destino no es un lugar, sino una forma de mirar el mundo, muchas veces regido por el azar.

Cuando Kavafis aconseja desear que el camino hacia Ítaca sea largo, está negando la vieja idea de que la felicidad consiste en alcanzar una meta. Borges habría asentido con una tímida sonrisa. Toda su obra está construida sobre esa misma intuición: el universo es inagotable e infinito precisamente porque nunca termina de revelarse.

En Borges, los hombres emprenden viajes que casi nunca concluyen. Recorren bibliotecas infinitas, laberintos sin centro visible, desiertos, sueños, memorias, enciclopedias imaginarias, se duplican en espejos.

Buscan un libro absoluto, una palabra perfecta, un dios escondido en una ruina circular, senderos que se bifurcan o un instante capaz de contener todos los instantes. Sin embargo, cuando parecen acercarse al descubrimiento definitivo, comprenden que el verdadero hallazgo ha sido el camino recorrido para alcanzarlo.

Basta pensar en El Aleph. El narrador contempla simultáneamente todos los lugares del universo en un único punto. Es la experiencia absoluta del conocimiento. Sin embargo, después de lograr esa visión total, la vida continúa. El Aleph no resuelve el misterio de la existencia. Apenas confirma que el infinito no puede poseerse.

Del mismo modo, la llegada a Ítaca no constituye el final del viaje espiritual. Ninguna revelación agota el asombro.

Algo semejante ocurre en La biblioteca de Babel. Allí existe el libro que contiene todas las respuestas, pero permanece prácticamente inaccesible entre una infinitud de volúmenes inútiles. Lo importante ya no es encontrarlo, sino perseverar en su búsqueda. Esa biblioteca es otra Ítaca: un horizonte que da sentido al caminar, aunque nunca sea plenamente alcanzado.

También en “El inmortal” dialoga secretamente con Kavafis. Borges imagina que la inmortalidad termina vaciando de significado toda experiencia. Si el tiempo es infinito, ninguna decisión importa. Kavafis propone exactamente lo mismo: la riqueza nace porque el viaje es limitado. La conciencia de nuestra finitud vuelve irrepetible cada puerto, cada encuentro y cada amanecer.

Ambos coinciden en una misma premisa: el tiempo no es el enemigo, sino el artesano del sentido.

Hay además una afinidad filosófica más profunda. Borges desconfiaba de las verdades definitivas. Prefería las conjeturas, las paradojas, los símbolos abiertos. Sus cuentos rara vez concluyen; permanecen resonando en la inteligencia del lector como un espejo que refleja otro espejo. Kavafis procede de manera semejante. Nunca define qué es exactamente Ítaca. Cada lector debe descubrir la suya. Para unos será una vocación; para otros, el amor; para terceros, Dios, la sabiduría o la paz interior; para algunos, el conocimiento, o quizás la poesía…

La grandeza del símbolo reside precisamente en que nunca queda clausurado.

Kavafis aconseja detenerse en las ciudades, aprender de los sabios, adquirir perfumes, marfiles y piedras preciosas. Borges habría sustituido esos tesoros por libros, idiomas, manuscritos, filosofías y mitologías. Su verdadera meta nunca fueron los bienes materiales, sino una biblioteca. Él mismo escribió que siempre imaginó el paraíso como una especie de biblioteca. Y quizás el amor, que nunca logró concretar. Existe también una profunda coincidencia en la concepción del tiempo. Para Borges, como en la física cuántica, el tiempo no avanza como una línea recta; es circular, se pliega sobre sí mismo. El pasado permanece vivo en la memoria; el futuro modifica el significado del presente; cada instante contiene la posibilidad de todos los instantes.

En Ítaca, el tiempo tampoco es una simple sucesión cronológica. Es una lenta alquimia interior. No envejecemos únicamente porque transcurren los años; envejecemos porque cada experiencia nos vuelve alguien distinto.

Quizá el vínculo más conmovedor entre ambos escritores sea la humildad con que entienden el conocimiento. Ni Kavafis ni Borges prometen la posesión de la verdad. Ambos sospechan que el universo es demasiado vasto para encerrarlo en una respuesta.

El sabio no es quien ha llegado, sino quien conserva intacta la capacidad de asombro y de búsqueda.

El viajero de Kavafis avanza por el mar; el de Borges, por corredores infinitos. Ambos ignoran dónde terminará la travesía, pero comprenden que el sentido está en continuar, sin abandonar jamás.

Kavafis representa la esperanza, Borges, el misterio.

Kavafis señalaría el horizonte donde espera Ítaca. Borges sonreiría y respondería que ese horizonte ya está contenido en cada paso del caminante.

Porque, en definitiva, el mayor secreto de ambos consiste en enseñarnos que el hombre nunca llega del todo. Somos viajeros de un universo inagotable, lectores de un libro infinito, habitantes de un laberinto cuya salida no importa tanto como la lucidez con que aprendemos a recorrerlo.

Hay una frase de Borges que parece dialogar silenciosamente con Kavafis: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz.”

Frente a esa íntima confesión, Ítaca ofrece una respuesta serena: la felicidad no consiste en haberlo alcanzado, sino en haber sabido amar el viaje.

O, como concluye Bertrand Russell (admirado y citado por Borges) en su magnífica obra La conquista de la felicidad: “Feliz es el que se siente ciudadano del universo y goza libremente del espectáculo que le ofrece y de las alegrías que le brinda.”

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