Un relato recuerda la figura de un carnicero de barrio que, según el testimonio, sanaba verrugas mediante un método tradicional. La historia transcurre en Catamarca y se centra en la experiencia de una niña.
En un barrio de Catamarca, un carnicero conocido como Don Burgos atendía su local. Según el relato de una clienta habitual, el hombre se caracterizaba por su trato amable y una sonrisa constante. La narradora, que entonces tenía diez u once años, visitaba la carnicería para hacer mandados.
Ese año, la niña se preparaba para su comunión. Su abuela le confeccionó un vestido blanco a mano. Sin embargo, la ocasión se vio afectada por la aparición de verrugas en sus manos, condición que la llevó a probar diversos remedios caseros sin éxito. El relato menciona que la cantidad de verrugas superaba las setenta y cuatro en un momento dado.
Un día, Don Burgos observó las manos de la niña y le ofreció curarlas. Ella aceptó. El carnicero aplicó trozos de tocino sobre las manos mientras realizaba cruces y rezaba una oración en voz baja. Luego le indicó que se fuera sin mirar atrás. La niña siguió las instrucciones y, tiempo después, las verrugas desaparecieron sin dejar cicatrices.
Posteriormente, la narradora dejó de ver a Don Burgos. Un día, al preguntar por él en la carnicería, le informaron que se había sentido enfermo. Esa misma tarde, lo vio salir del local, tambaleándose y vomitando cerca de una planta de morera. Después de ese día, no volvió a verlo.
Años más tarde, la narradora pasó por el lugar y encontró la morera seca, con el tronco y las ramas cubiertas de verrugas.
