El libro Lucernario, de Omar Quijano, propone una teoría de la escritura que desplaza el interés desde los argumentos hacia la composición. El cuento «Kempelen» reflexiona sobre la técnica, la imaginación y la narración.
El libro Lucernario, de Omar Quijano, plantea desde su prefacio una teoría sobre la escritura. El autor sostiene que «el pulso de una obra literaria se mide por su forma de composición», lo que orienta la lectura hacia la arquitectura de los relatos. La obra se estructura como una red de conexiones donde cada cuento adquiere sentido en relación con los demás. Quijano construye deliberadamente «enrutadores falsos», desvíos que interrumpen la lectura lineal y exigen una experiencia activa por parte del lector.
El cuento «Kempelen» desarrolla esta propuesta a partir de la figura histórica del barón Wolfgang von Kempelen, creador del autómata ajedrecista del siglo XVIII. El relato presenta a Rogelio Kempelen, heredero de una tradición técnica que se transmite a través de talleres, bibliotecas, patentes y archivos. La técnica aparece allí como una forma de memoria y continuidad entre generaciones, no como un mero instrumento. Esta concepción coincide con la filosofía de Gilbert Simondon, para quien los objetos técnicos poseen un proceso de individuación propio, aunque Quijano no desarrolle un discurso filosófico explícito.
El punto central del cuento es la creación de una máquina de contar cuentos, inspirada en Un valor imaginario de Stanisław Lem. El dispositivo no almacena historias ni las reproduce, sino que genera narraciones completas a partir de un vestigio material, un gesto o una mueca. La máquina convierte el entorno inmediato en materia narrativa, estableciendo vínculos entre objetos, recuerdos y escenas. De esta manera, la imaginación se presenta como una operación relacional y no como una facultad exclusivamente humana.
El relato dialoga con la idea de Italo Calvino, quien en Cibernética y fantasmas concebía la literatura como un sistema combinatorio. En «Kempelen», esa potencia combinatoria se incorpora a un objeto técnico. A medida que la máquina narra, modifica la experiencia de quienes la rodean. Los espectadores comienzan a interpretar su propia vida a partir de las historias generadas, y algunos alteran deliberadamente el entorno para influir en las narraciones futuras. La distancia entre ficción y realidad se vuelve progresivamente tenue.
El desenlace del cuento presenta a Rogelio Kempelen sintiendo que cada uno de sus movimientos es observado e interpretado por la máquina que él mismo construyó. La pregunta central del relato no es si una máquina puede pensar, sino qué ocurre cuando una máquina participa en la producción del sentido. La narración deja de pertenecer exclusivamente al autor o al lector, y el dispositivo interviene como un nuevo actor en el acontecimiento narrativo.
La obra de Quijano trasciende el género fantástico para ofrecer una meditación sobre la condición contemporánea de la técnica. Los objetos, en este marco, dejan de ser simples instrumentos y se convierten en mediadores de la experiencia del mundo. La técnica no sustituye la imaginación, sino que la amplifica y reorganiza, lo que obliga a replantear los límites entre creación, percepción y realidad.
Lucernario no ofrece respuestas definitivas ni alegorías transparentes. Como anuncia el prefacio, la obra exige recorrer sus desvíos y aceptar sus «enrutadores falsos». El verdadero pulso de la creación literaria, según Quijano, reside en la forma en que reorganiza nuestra manera de mirar. El cuento «Kempelen» anticipa, mediante la imaginación, preguntas filosóficas que la época contemporánea todavía no formula. La obra se inscribe como una propuesta singular dentro de la literatura catamarqueña reciente.
