Con el viento de agosto, comunidades de Catamarca inician la temporada de intercambio de semillas originarias, una práctica que combina la conservación de variedades locales con la transmisión de saberes ancestrales.
El viento de agosto que recorre las quebradas y sacude los algarrobos marca el inicio de la temporada de semillas en los pueblos de Catamarca. Esta época no se rige por calendarios comerciales, sino por prácticas comunitarias de conservación e intercambio de simientes.
Según relatos de los mayores, la semilla se comparte y se intercambia entre familias y comunidades. Una expresión recogida en la zona indica: «Somos la misma tierra soñándose a sí misma».
En septiembre, la actividad se intensifica con la minga, una modalidad de trabajo colectivo en la tierra. Antes de esa instancia, se realiza el cuidado de las semillas, que se conservan mediante métodos tradicionales como el uso de cenizas de árboles y hierbas aromáticas para protegerlas de plagas.
El intercambio de semillas originarias se realiza a través de ferias, trueques y cambalaches. Esta práctica incluye variedades locales de maíz duro, zapallo, papitas collas, porotos y habas, que no se encuentran habitualmente en los grandes mercados.
La actividad es considerada por los participantes como un acto de soberanía alimentaria, ya que asegura el acceso a semillas propias sin depender de la industria. También se destaca como un mecanismo de resguardo identitario frente a los cultivos transgénicos.
La transmisión de saberes es parte central del proceso: los abuelos y abuelas enseñan a los niños los secretos de la tierra, el clima, el agua y las fases lunares para la siembra. Las semillas son descritas como entidades bioculturales, cuya forma actual es resultado del cuidado y selección de los pueblos a lo largo del tiempo.
El intercambio no se limita a un acto comercial. Según los protagonistas, implica la circulación de memoria, reciprocidad y vida entre las comunidades.
