La llegada de arquitectos italianos en la segunda mitad del siglo XIX transformó el perfil edilicio de Catamarca. La construcción de la Catedral Basílica y la Casa de Gobierno marcaron un cambio en la fisonomía urbana de la ciudad. Un texto de Arnaldo Raúl Molina recuerda el proceso y una tragedia durante la inauguración del templo.
La llegada a Catamarca de arquitectos italianos en la segunda mitad del siglo XIX produjo una transformación edilicia en la ciudad. La construcción de la Catedral Basílica de Nuestra Señora del Valle y la Casa de Gobierno, entre otras obras, modificaron el perfil urbano de la aldea colonial.
El arquitecto lombardo que se hizo cargo de la reformulación del proyecto de la Catedral entregó la obra terminada y la inauguró el gobernador, coronel Octaviano Navarro, el 3 de febrero de 1859. La hoy Catedral Basílica se inauguró el 4 de diciembre de 1869, aunque las obras no estaban completas.
Según el relato de Arnaldo Raúl Molina, durante la misa de inauguración, cuando el celebrante, monseñor José Facundo Segura, se disponía a comunicar las actividades litúrgicas de la semana, una parte del techo del ala izquierda del viejo templo se desplomó sobre los fieles. Como consecuencia, diez personas fallecieron y varias resultaron heridas. Entre las víctimas se encontraban Telésfora Ahumada y Carmen Aroca.
El arquitecto Luis Caravati proyectó y levantó la Catedral Basílica, un edificio monumental ubicado en el centro de la ciudad. La obra combina elementos de órdenes griegos, formas romanas y toscanas. Su atrio se levanta sobre escalinatas y se sostiene sobre columnas cilíndricas. A ambos lados se elevan dos torres campanarios gemelos en tres tramos, terminadas en cúpulas de azulejos de pas de calais, rematadas en linternas y cruces de hierro forjado colocadas a 40 metros de altura.
La Casa de Gobierno, construida por el mismo arquitecto, fue descripta por el científico alemán Germán Burmeister como “por sus perfectas proporciones habría sido un adorno para cualquier ciudad europea”.
Estas obras y el aumento de la población trajeron consigo un mejoramiento edilicio. Catamarca recibió el aporte de otros alarifes que contribuyeron a cambiarle la “cara” convirtiéndose poco a poco, de una aldea colonial de casas chatas con muy pocos edificios de valor, en una pequeña y próspera ciudad con marcado tono itálico.
En esta ciudad, donde el nombre de las calles centrales, salvo algunas excepciones, rememoran hazañas épicas, invasores y conquistadores, no hubo arterias para recordar a quien dejara su espíritu objetivado en obras arquitectónicas que son el orgullo de sus habitantes y que le dan identidad, belleza y gracia.
El arquitecto Luis Caravati no necesita del bronce para estar presente entre nosotros.
(Versión abreviada de “De Italia al Valle”, de Arnaldo Raúl Molina, en Once veces Catamarca, pasión y leyenda (Serie Creación Nº 2, UNCA, 2002). Basada en la 3ª edición (El Trébol, 2017).
